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La conjura de los necios
Guillermo Pérez Villalta

Escribo estas líneas a consecuencia del proceso inquisitorial al que viene siendo sometida mi persona en los últimos días. De una parte, por frases oídas de terceros y fuera de contexto, hemos sido agredidos mi compañero y yo por miembros próximos al PP de Tarifa, teniendo éste último que ser hospitalizado por lesiones graves; o de otra, a través de una carta personal que me ha dirigido el PSOE en la que, lejos de mostrar su solidaridad ante la agresión sufrida, se me pide que realice un "mea culpa" pública por mis supuestas declaraciones durante la presentación de la plataforma contraria a la ampliación del puerto tarifeño y que habrían motivado tales reacciones.

Ningún miembro de estos dos partidos estaba presente en el citado acto público. Las palabras que atribuyen a mi persona las han leído en medios, o mediante terceros, que han dado una visión sesgada de los hechos. Curiosamente, no han relatado la defensa que hice de los valores únicos de Tarifa. A estas alturas, es de necios creer que lo que está impreso es "la verdad", pues hay muchas verdades, tantas como realidades, y en todo caso, la verdad es un regalo que nos hace la realidad, y sólo acercándonos a ésta podemos apreciarla. Del mismo modo, es de necios atribuirse la representación de "todos" los tarifeños, pues muchos ciudadanos han manifestado mediante escritos, alegaciones y actividades asociativas su rechazo al desproporcionado proyecto de la Autoridad Portuaria Bahía de Algeciras. Las críticas a los que confunden progreso con hormigón sólo pueden ser atribuibles a aquellos que se han dado por aludidos, pues no se citaron nombres ni siglas, y tan sólo los necios pueden creerse ofendidos.

Los conjurados están recogiendo firmas en la ciudad para retirar mi nombre de la calle que el Ayuntamiento me dedicó años atrás. De prosperar esa iniciativa, les sugiero que también procedan a borrar de la memoria colectiva los cientos de publicaciones y los libros de texto que estudian sus hijos en los institutos, o los numerosos diccionarios y enciclopedias donde aparece mi nombre, como una pira incendiaria que nos recuerda los momentos más oscuros de la humanidad.

La incultura y la intransigencia constituyen el origen de los grandes males de la sociedad humana, y entiéndase que Cultura no es una mera acumulación de conocimientos o datos, sino la consciencia de ello, el darse cuenta de las cosas que suceden a nuestro alrededor.

Como persona que pienso y analizo, he creado a lo largo de mis 61 años un conjunto de ideas, que son irreductiblemente propias, que tengo el derecho de expresar y no ser coaccionado por ello.

Quizás sea necesario expresar alguna de ellas:

La primera representa el iluminador sentido de la duda: ninguna verdad es totalmente verdadera. Con la excepción de alguna demostración matemática, cualquier ideología filosófica, política, religiosa, etc., no puede ser demostrada. Así que no aceptaré "verdad" absoluta alguna.

La segunda se refiere al ser humano. Éste es único y distinto entre sí. Cada ser humano es un individuo irrepetible, libre y responsable de sus actos. Así cualquier asociamiento, igualitarismo, leyes comunes, etc.., que pretendan un bien colectivo provocarán sin duda cierta e inevitable incomodidad individual.

La Democracia, esa sacrosanta palabra, aparece como un mal menor pero, sin embargo, crea en consecuencia males cada vez más graves. No son precisamente los seres humanos despiertos, con criterios propios, inteligentes y con conocimiento los más abundantes. Así que, más allá de conceptos tan dignos como el de la soberanía popular, esas decisiones fundamentales adoptadas por las "mayorías" se antojan más bien un coro de voces donde ganan los que más chillan, olvidando que, en esencia, la palabra democracia no sólo debe atender a la voluntad de los que se uniforman en "la mayoría", sino al respeto absoluto de "todos" los demás. Sin embargo, los que piensan de otro modo no sólo no son oídos, sino tomados por disparate, cosa de locos o utopistas. El pensamiento común es la forma actual de incultura.

Despojado el pueblo de su ancestral cultura por las consignas y las estrategias de comunicación simplistas, ese pensamiento común ha creado un espeso puré donde lo que los medios transmiten es su clara voz: "panem et circenses"; cualquier mirada más allá, cualquier sensibilidad, será motivo de desprecio, mofa, o como en este caso, de odio.

Esta masa está más preparada para el desenfreno consumista de toda clase de estupideces, para ser enredado en hipotecas usureras con una inclinación de cabeza porque no cabe otra cosa; o bailar alegres al son de los que se enriquecen. A eso le llaman progreso.

Esa es la incultura. Está aquí y ahí, no sólo en nuestras calles sino en un mundo globalizado a la medida de la mediocridad. O son ciegos, o no quieren ver, porque les conviene, o les da miedo. Y al que se escape de ese corral: varapalo.

Incultura es la destrucción para siempre de un Patrimonio Histórico, Artístico, Natural, único, en pos de una masa de hormigón, por el que ya somos motivo de burla en el resto de Europa. Se trata de una obra proyectada en los despachos de unos ejecutivos que sienten amenazadas sus ganancias por la aparición de otro superpuerto, importándoles un bledo el sentir de una ciudad. Los que sentimos, como una parte considerable de la población, que no participamos de esa "incultura", vemos que tratan de engatusarnos con inciertos puestos de trabajo de dudoso interés, redactados al son que les han dictado esos oscuros seres de las alturas, y que nos presentan un futuro que ni las más pesimistas películas de ciencia ficción alcanzan a imaginar.

Ya lo dijo ese gran filósofo, padre de gran parte del pensamiento moderno, Schopenhauer: "La peor obra del ser humano es la sociedad".

Fuente: Guillermo Pérez Villalta
Fecha: 23/08/2009
   
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